Aproxímate
despacio y detente a una
distancia prudente.
Mírame atenta y paciente, descubrirás
en mí tu reflejo.

jueves 21 de octubre de 2010

El que la hace la paga. TMB sigue aleccionándonos.

TMB ha lanzado la segunda parte de su campaña ¿Te crees muy listo? Si segundas partes nunca fueron buenas, ésta no sólo es mala sino claramente abyecta y de una bajeza tremebunda. En esta ocasión seguimos viendo el mismo muñequito con forma humana saltando por encima del torniquete de acceso al metro pero el vil eslogan que ahora lo acompaña lleva por título El que la hace, la paga. Acto seguido se nos advierte de qué hemos de pagar si la hacemos. Para ilustrarlo, recordemos cuales eran las premisas de la primera parte de la campaña (sic): ¿Te crees muy listo? Tú mismo... 1) Hay 3.306 cámaras de vigilancia y quedarás retratado; tú mismo... 2) La multa por viajar sin billete te puede costar de 50 a 600 €; tú mismo... 3) Si no llevas billete no estás cubierto por el seguro de viaje. (La letra en negrita pertenece a la campaña, no es mía).

La subcampaña El que la hace, la paga se centra en el segundo apartado exclusivamente, es decir, ni las cámaras ni el seguro importan ya. Como somos tontos y no nos habíamos enterado en la primera parte de la campaña, TMB nos vuelve a aleccionar al respecto: si la hacemos (viajamos sin billete), la pagaremos (la multa de 50 a 600 €). Todo un alarde de inteligencia y de pedagogía por parte de los creativos publicitarios que han ideado la campaña y de los que le han dado el visto bueno y luz verde.

Derroche de inteligencia porque la oración compuesta del eslogan está mal empleada: no se puede aplicar el pronombre la para sustituir el sintagma viaja sin billete, ambos deben coincidir en persona, género y número; cabe decir que el segundo pronombre la de la frase está utilizado correctamente y, ahí sí, sustituye a un sustantivo femenino singular con su respectivo artículo femenino singular (la multa). Es decir, la frase correcta sería El que lo hace (viajar sin billete), la paga (la multa). A menos que TMB se refiera a que El que la hace (la infracción, la fechoría, la ilegalidad), la paga (la multa), con lo que entonces lo incorrecto sería el verbo hace pues las infracciones, las fechorías, las ilegalidades no se hacen, se cometen. De manera que gramaticalmente, lo miremos por donde lo miremos, lo único que está bien empleado en el eslogan es la multa. ¿Casualidad?

Exhibición pedagógica porque si el eslogan no se aplica correctamente, la ambigüedad del mensaje hace correr el riesgo de que éste se pierda y a ver entonces quién es el guapo que nos explica lo que TMB nos quiere hacer entender realmente. Por más que se quiera disfrazar, el mensaje del eslogan, por desgracia, emana un tufo rancio y anacrónico con reminiscencias que evocan los oscuros y siniestros métodos empleados antes de la presente democracia por nuestros dirigentes, abuelos, padres y educadores para acojonarnos, siendo equiparable a aquello que nos decían con el dedo índice enhiesto de si no te portas bien, vendrá el coco y te comerá.

A pesar de tanto desaguisado, o como consecuencia de ello, TMB sigue sin explicarnos qué motivos dan lugar a la exorbitante diferencia entre el castigo mínimo y el castigo máximo. Me vuela la imaginación: ¿según la modalidad del cuele, pagas más o menos? No es lo mismo saltar el torniquete de acceso con pértiga que hacerlo al más puro estilo de 100 metros vallas, o en modalidades como el salto de altura o el salto de longitud, y no digamos ya si en lugar de saltar se te ocurre pasar por debajo del torniquete. Propongo que en los vestíbulos de cada una de las estaciones de metro y en las plataformas de cada uno de los autobuses de TMB, se instale una mesita con un jurado formado por una o varias personas, dependiendo del espacio, que levanten unas cartulinas inscritas con la penalización obtenida por el cuelista de turno según su pericia y su estilo -o la falta de ambos- a la hora de ejecutar el salto a la ilegalidad: si ha realizado un salto limpio y grácil sin ayuda de objeto alguno, se le aplicaría una pena leve, de entre 50 y 100 euros; en cambio, si en la realización del salto se ha llevado por delante a una abuela ocasionándole fractura de fémur, por poner el caso, entonces se le aplicaría una pena con agravantes y pagaría los 600 euros del ala -amén de una indemnización a la abuela- por cometer la fechoría de colarse y, además, ser tan chapucero en el intento. Los casos serían innumerables y con tanta gama de matices que el jurado debería ser escogido minuciosamente, en base al buen gusto y la capacidad de apreciación del estilo y la técnica empleados en la ejecución de los saltos. Además, se contribuiría a paliar en parte la crisis sacando a una buena cantidad de personas del paro, y ya que la campaña pretende que nos convirtamos en jueces unos de otros, al menos que nos retribuyan por ello.

¿Cree verdaderamente TMB que esta es la manera y el tono más apropiados de concienciar a sus usuarios? ¿Le importa a TMB encontrar un tono didáctico y justo? No lo creo, TMB está decidida a meternos miedo. En la primera entrada de este blog califiqué, textualmente, la campaña de prepotente, tendenciosa, moralista, intimidatoria, arbitraria, caciquista, cizañera, segregacionista y pueril. A esta ristra de epítetos le añado los siguientes: tiránica, abusiva, amedrentadora, vil, abyecta, inmoral, infame, cínica, ordinaria, embrutecedora, irrespetuosa, indigna, sucia, asquerosa, impía, desalmada, insensible, violenta, draconiana, perversa, obtusa y torpe, digna de la mente de un patán. Y persiste con ahínco en prejuzgar y, sobre todo, criminalizar al individuo que no paga por los motivos que sean. Es, además, incívica. Sí: incívica. ¿Uno de los preceptos del civismo no es el de que todos y cada uno de los ciudadanos, entidades e instituciones nos tratemos bien unos a otros? Entonces ¿por qué TMB nos falta el respeto, como si de tontos e infantiles vasallos suyos se tratase? ¿Se cree con derecho a insultarnos? TMB podrá alegar en su descargo que la campaña advierte exclusivamente a los que no pagan billete en el transporte público, pero ¿acaso la campaña se dirige sólo a los que se cuelan? No, se dirige a todos los ciudadanos usuarios de TMB tratándonos como a infractores en potencia, amenazándonos de lo que nos pasará si se nos ocurre no pagar, es decir, se nos toma por culpables (posibles no pagadores) mientras no se demuestre lo contrario (que pagamos). ¿Qué derecho tiene TMB a amenazarnos? ¿Por qué y para qué lo hace? ¿Cómo permite el Ayuntamiento de Barcelona, tan empeñado en que seamos supercívicos, que se lance una campaña con semejante tono, tan ofensiva, contra los ciudadanos? ¿Cómo permitimos los ciudadanos de esta ciudad que se nos trate así? Los ciudadanos hemos de ser respetuosos y educados con la ciudad y sus habitantes, visitantes, instalaciones, parques, mobiliario, etc, esto no ha de decirlo ninguna ley, es de sentido común. Entonces, ¿no nos merecemos acaso respeto y dignidad los usuarios de TMB?

A pesar de todo y según su propio eslogan, éste más dicharachero, TMB nos mueve, sobre todo a los que no disponemos de transporte privado y no nos queda más remedio que utilizar sus infraestructuras. A mí, sin embargo, más bien me remueve.

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sábado 17 de julio de 2010

Compra ahora, decide después (III) Un interludio por cortesía de W. H. Auden.

Comprender los fenómenos que producen y alientan el confortmismo pasa por analizar el tipo de relaciones que establecemos para convivir colectivamente con otras, pocas o muchas, personas. El poeta y crítico W. H. Auden nos ilustra acerca de nuestras asociaciones grupales en su conferencia del 15 de enero de 1947 -a pesar de la distancia temporal, sus reveladoras reflexiones no han perdido un ápice de vigencia- sobre la obra Julio César de William Shakespeare, recogida en el maravilloso libro Trabajos de amor dispersos. Conferencias sobre Shakespeare. (Ed. Crítica, 2003):

"Hay tres clases de grupos de gente: sociedades, comunidades y multitudes. Una sociedad es algo a lo que puedo pertenecer, a una comunidad me puedo incorporar, y a una multitud me sumo. La sociedad se define por su función. Así, un cuarteto de cuerda es una sociedad con una función específica, la de interpretar obras musicales compuestas para cuartetos de cuerda. Tiene un tamaño específico, que no se puede alterar sin alterar la sociedad. Una persona, en lo que respecta a su función en la sociedad, es irreemplazable.
Una comunidad es una asociación de personas con una afición común. Si reúnes a varias personas que adoren la música formarán una asociación de melómanos. Un intérprete de violonchelo que odie la música, pero que la toque porque de algo ha de vivir y no sabe hacer otra cosa, es un miembro de una sociedad; pero no de una asociación de melómanos. Una comunidad, además, no tiene ningún tamaño definido. Si su meta es el bien, el tamaño óptimo será infinito; si buscan algo malo, el tamaño ideal es cero. Asimismo, en una comunidad, el yo antecede al nosotros.
Existe una tercera forma de pluralidad de personas: la multitud. Sus miembros no pertenecen ni se incorporan a ella, sino que se suman. En realidad, los miembros de una multitud no tienen más que una cosa en común: el hecho de estar juntos. En una multitud, un individuo es una contradicción; el nosotros antecede al yo. En sí misma, la multitud carece de función.
¿Cuándo surge una masa, la multitud, el público? Cuando escasean las sociedades y la persona no logra encontrar una función significativa, de manera que se siente fútil; o cuando no puede pertenecer a ninguna sociedad por estar sin trabajo, por ejemplo. Si desaparecen las comunidades, las personas dejan de apreciar algo en particular y pierden la capacidad de de escoger entre varios afectos o aficiones. ¿Por qué esa pérdida? Para poder elegir han de existir diversos valores que den o quiten sentido a la elección. Si se pierden los valores, se pierde la capacidad de escoger. Y si esa circunstancia se combina con la falta de sociedad, las personas pasan a formar parte del público o la masa. Eso no tiene nada que ver, nada en absoluto, con la educación; saber mucho no nos conduce a creer en más cosas. El conocimiento no puede hacer que la gente crea en una sociedad ni darle a cada cual una función en ella."


Pasemos a comentar las pistas que creo que Auden nos da para ayudarnos a entender mejor en qué tipo de sociedad nos hemos convertido:

La sociedad se define por su función. ¿Cuál es la función de nuestra sociedad? Como vivimos en una sociedad de tipo mercantilista, su función primordial es mantener vivos y coleando -y, a poder ser, sanos- el mercado y su consiguiente mercadeo.
Una persona, en lo que respecta a su función en la sociedad, es irreemplazable. ¿Cuál es la función del individuo en la sociedad de consumo? La respuesta es tan simple como atroz: producir y consumir; así, el individuo tiene un doble cometido (no confundir el consumir con un derecho). En la sociedad mercantil ¿es el individuo irreemplazable? El individuo en tanto como individuo, no; tomado como engranaje, sí. Para que la maquinaria funcione, siempre harán falta engranajes. El engranaje, por tanto, tiene bien definida su función en este tipo de sociedad, es necesario para su supervivencia; la persona -con sus pensamientos y sentimientos incorporados- no siempre la tiene, así pues, si llegado el momento se torna problemática y se convierte en un estorbo, será prescindible, a menos que, entonces, la persona se convierta en engranaje y desempeñe su función específica en la sociedad.
Una comunidad es una asociación de personas con una afición común. ¿Qué tenemos en común los millones de personas que vivimos apretados en la gran metrópolis? ¿Y en un mismo distrito, y en un mismo barrio, y en un mismo bloque de vecinos? ¿La afición a comprar y pagar?
Los miembros de una multitud se suman y no tienen en común más que el hecho de estar juntos. Es decir, los sumandos desaparecen, lo relevante es la cantidad total resultante de la suma. Traducido a personas, en la multitud la individualidad desaparece, lo que pesa es el total de la gente reunida. O como dice Auden, el nosotros antecede al yo. ¿Es casualidad que vivamos en ciudades-monstruo cada vez más grandes donde el yo se difumina irremediablemente en la dictadura del nosotros? ¿No es el hecho de estar juntos -pero a la vez absolutamente desaparecidos, solos- lo único que tenemos en común todos los que habitamos en sociedad en la gran ciudad?
La masa surge cuando la persona no logra encontrar una función significativa y escasean las sociedades. Es decir, cuando escasea el sentimiento de pertenencia de las gentes a algo -pues a una sociedad se pertenece o no- y sus funciones en la sociedad les son impuestas. Si mi función es la de engranaje, es sintomático que no me sienta perteneciente a susodicha sociedad, ya que es una función despersonalizadora en la que se me da un trato cosificador. Y como, además, la función de engranaje no la he escogido yo, tampoco me siento partícipe de ninguna comunidad -me siento inútil-, pues mis gustos, preferencias y valores no cuentan, y ya que si se pierden los valores, se pierde la capacidad de escoger las aficiones y los afectos, toca seguir los que escoge la masa. Entonces, ¿se han perdido realmente los valores, las cualidades que hacen que las personas seamos valiosas? Yo diría que los hemos cambiado por otros totalmente espurios: tomamos las necesidades falsas, creadas en nosotros por la mercadotecnia, como nuevos valores. Si los valores que rigen la sociedad no son tales, entonces estamos viviendo sin valores, aunque creyendo que sí los tenemos (situación ésta peor que la de creer que no los tenemos, porque entonces vivimos -como una masa- en la más absoluta inconsciencia). El poder de decisión viene dado por valores -tales como la verdad, la honestidad, la generosidad, la inteligencia, la bondad, la buena educación, etc- que aportan humanidad, dignidad, autonomía y libertad de elección a la persona que cree en ellos y decide llevarlos a la práctica. Los falsos valores -sean de la índole que sea- imponen sus propios preceptos y exigencias, determinando que la persona que los acepte deberá acatarlos ciegamente para acabar siendo cautiva de ellos. (El eslogan Compra ahora, decide después viene a ser como un falso valor: se nos ordena la “necesaria” acción de comprar y, al mismo tiempo, se nos niega nuestro poder de decisión.)
Saber mucho no nos conduce a creer en más cosas. Aquí las palabras-clave son los verbos saber y creer. Nuestras creencias no dependen de nuestra sapiencia, de los supuestos conocimientos que la sociedad pretende que hayamos aprendido y podamos aprender de ella. En el caso de la población adulta, y con respecto a lo que la sociedad nos enseña, nuestras creencias dependerán de nuestra predisposición a querer o no querer ver más allá de lo que se nos muestra en primera instancia. La primera actitud -la de querer ver lo que se oculta detrás de las cosas- sería la actitud antagónica del confortmista -al que no le interesa para nada lo que pueda esconderse tras lo que la sociedad nos enseña-.
Una sociedad es algo a lo que puedo pertenecer, a una comunidad me puedo incorporar, y a una multitud me sumo. Juzguen ustedes mismos a qué tipo de asociación creen que están adscritos.

(La reflexión de esta entrada está basada en las relaciones físicas entre personas en el mundo real, pero es asimismo aplicable -con algunos matices en los cuales no entraré ahora- a las sociedades, comunidades y multitudes virtuales que se dan cita en Internet.)


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martes 1 de junio de 2010

Compra ahora, decide después (II) Una teoría paranoide (o quizá no tanto)

Ante semejante despropósito -expuesto en la anterior entrada- se me ocurre una delirante teoría, digna del espíritu -individual y colectivo- característicamente enfermizo de nuestros tiempos:
El constante sometimiento al aberrante y masivo bombardeo de manipuladores mensajes tales como Compra ahora, decide después tiene el principal objetivo -que no el único- de formar en nosotros una actitud determinada ante la vida -en general- y las compras -en particular-. ¿Cuál es esa actitud? La denominaré actitud confortmista o actitud del ganso acomodaticio y satisfecho que cree ser libre porque tiene al abasto gran cantidad de lujos innecesarios y al mismo tiempo es inconsciente de que servirá de cena a los que le proporcionan cantidades ingentes de alimento y confort. La práctica de esta actitud, huelga decirlo, da lugar al confortmismo.
El principio básico por el cual se rige el sujeto -o el ganso- adscrito al
confortmismo es el acomodamiento inconsciente y concupiscente del cuerpo y de la mente a todas las supuestas confortabilidades que la sociedad de consumo le ofrece y le impone a machamartillo.
En la inmediatez, este ciego acomodamiento parece generar en el individuo una gran y placentera satisfacción que, a su vez, le incapacita subrepticiamente en el ejercicio y desarrollo de su capacidad de crítica y la queja subyacente -teórica o fáctica- a la misma. En el diccionario de la RAE, en la acepción treceava de la palabra
satisfacer, encuentro: Aquietarse y convencerse con una eficaz razón de la duda o queja que se había formado. Es decir, la queja se produce cuando se está descontento -cuando se halla uno en crisis-, pues en la entera satisfacción no hay duda ni crítica, sólo medran en ella el aquietamiento y la aquiescencia. De ahí que los poderosos nos prefieran bien acomodados, satisfechos y orondos.
Al respecto, Shakespeare nos ilumina magistralmente en el siguiente breve diálogo de su obra
Julio César, acto I, escena II:

CÉSAR
¡Antonio!
ANTONIO
¿César?
CÉSAR
Quiero verme rodeado de hombres gruesos, de pelo alisado, que duerman de noche. Ese Casio tiene un aspecto famélico; piensa demasiado. Hombres así son peligrosos.
ANTONIO
No le temas César; no es peligroso. Es un noble romano, un hombre de bien.
CÉSAR
¡Ojalá fuera más grueso! Pero no le temo. Sin embargo, si el nombre de César fuera propenso al temor, no sabría a quién evitar antes que al flaco de Casio. Lee mucho, es un gran observador y cala los motivos de los hombres. No es amante del teatro como tú, Antonio; no oye música; apenas sonríe y, si lo hace, parece que se burla de sí mismo, despreciándose por ceder a la sonrisa. [...] Lo que digo no es tanto lo que temo como lo que hay que temer, pues siempre seré César.

Como mencioné anteriormente, este insensato acomodamiento al que nos desembocan los poderes (socio-económico-político-mediáticos) no ceja en su empeño de intentar seducirnos con la susodicha sensación de libre satisfacción y satisfecha libertad, la cual no es más que un empobrecedor sucedáneo basado en la acumulación compulsiva de objetos materiales que el implacable mercado dicta como absolutamente imprescindibles. Paradójicamente, esta espuria panacea nos crea a la larga una desasosegante infelicidad -un
no sé qué- proveniente de la cada vez más creciente y certera intuición de haber sido engañados ya que, al contrario de lo que primeramente se nos había prometido, las posesiones acumuladas no sólo no nos liberan, sino que más bien nos atan.
¿A qué es debida esta íntima sensación de timo? De nuevo, recurro al diccionario de la RAE, esta vez para sonsacarle el significado de la palabra
acomodamiento: Transacción, convenio o ajuste sobre algo. Luego el acomodamiento es, en esencia, un trato, un negocio. Para cerrar un trato es necesario que existan dos o más partes implicadas en él, las cuales tratarán de obtener ventajosas y exclusivas ganancias con el máximo beneficio posible, siendo imposible idéntico beneficio para cada una de ellas: en la praxis, siempre habrá una parte que, poco o mucho, “saldrá ganando o perdiendo” más que las otras. En el convenio entre el confortmista y el poderoso, el segundo redacta las ambiguas cláusulas del tácito contrato unilateralmente y el primero lo firma -se acomoda- inconsciente y satisfecho, confiado de estar haciendo un buen negocio (recordemos la cláusula-eslogan Compra ahora, decide después: el que compra se siente en libre albedrío, pero no hace más que seguir las directrices del que le ordena comprar).
Lo mismo ocurre en el trato del ganso con su cebador: el ganso vive a cuerpo de rey, pero saldrá perdiendo inevitablemente tarde o temprano en la transacción, pues se le cría fundamentalmente para producir el
foie-gras que, como ya sabemos, se extraerá de su hígado. ¡Oh, cruenta Ingratitud, con lo que echó los hígados el ganso en portarse bien y adaptarse a la “cómoda” vida en la granja, que quien lo alimentara y le diera cobijo quiera comerle los hígados demuestra, por su parte, tener muy malos hígados!



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martes 11 de mayo de 2010

Compra ahora, decide después (I)


Acompañando a un amigo en la cada vez más arriesgada tarea de comprar en el centro de Barcelona ­-un abrazo desde aquí, Xavi­- me encontré este apremiante eslogan en una de las múltiples tiendas de ropa de una renombrada cadena internacional: Compra ahora, decide después: el estilo de vida del sistema capitalista condensado en veinticuatro letras y una coma.

¡Qué tremebundo eslogan! Me da náuseas la preceptiva habilidad de la publicidad y la mercadotecnia para trastornar el orden natural e intrínseco de las actividades humanas. En el acto de comprar, lo natural y legítimo en una mente sana sería el proceso inverso: primero, decidir qué se necesita y/o se desea comprar y para qué; segundo, cuándo, dónde y cómo comprarlo. O sea que, a primera vista, haría falta tomar cinco decisiones ­-como mínimo­- antes de comprar algo con sosiego y delectación. Esto que parece verdad de Perogrullo pierde consistencia y claridad si hemos de obedecer los dictados de susodicho eslogan, así pues ¿en qué consiste la turbidez de tan fatuo lema?

Compra ahora, decide después es una consigna incongruente y disparatada donde las haya que alberga un soterrado cometido y, por ello, sus palabras no son producto del azar sino que están escogidas meticulosamente. Aquí la ambigua clave son la palabra decide y su ubicación estratégica en la oración: pretenden otorgarnos el poder de decisión de forma artera: son un espejismo que camufla y suaviza el perentorio mandato de comprar ahora a través del promisorio consuelo de que algo nos quedará por decidir tras haber pasado por caja.

Pero, con respecto a cualesquier acción ¿es la decisión
a posteriori decisión verdadera? ¿La decisión que desencadena una acción no ha de ser necesariamente a priori? Es más, ¿no es cualesquier acto en sí mismo una decisión?

Entonces, tal como ordena el imperioso eslogan, ¿puede ser mi decisión producto de mi compra? De ser así, compraría sin voluntad, ergo el poder de decisión no sería mío. Si quiero conservar mi poder de decisión, ¿no debe ser mi compra producto de mi voluntad?

Busco en el diccionario de la RAE el significado del verbo decidir y, en su tercera acepción, leo:
Mover a alguien la voluntad, a fin de que tome cierta determinación. ¿No es eso, precisamente, lo que el eslogan pretende hacer con todo aquél que lo lea, en este caso moverle a comprar impulsiva e indiscriminadamente ­-es decir, que compre por comprar-­ y que, a la vez, crea que poseerá voluntad decisoria sobre lo que necesite o no comprar una vez pasado el momento de la compra?

Además, una vez hecha la compra ¿qué queda por decidir? No se nos revela, pero aventuro la continuación de la feroz e inmisericorde sentencia:
Compra ahora, decide después si lo quieres o no.

Me invaden el desamparo, la desesperanza y un tremendo cansancio mientras imagino el mensaje subliminal escondido en el entrópico eslogan a ritmo de la estruendosa, repetitiva y mediocre música que surge de los altavoces de la tienda:
Compra­-paga­-consume­-compra­-paga­-consume... No tomes aliento. No te des tiempo. No te detengas siquiera un momento. No reflexiones, pensar es un tormento. ¿Paciencia para qué, si eso es un cuento? La espera desespera. Necesitas tener ya eso que tanto ansías ¡LO NECESITAS! Si no lo consigues pronto, la muerte te espera. Eso sí, en última instancia, tú decides: eres libre y libre serás de sufrimiento.


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viernes 7 de mayo de 2010

MAN ON WIRE


Para mí está tan claro que la vida debería vivirse siempre al límite... Tienes que ejercer la rebelión. Negarte a ceñirte a las reglas, negarte a tu propio éxito, negarte a repetirte. Ver cada día, cada año, cada idea como un verdadero desafío. Y entonces, vivirás tu vida en la cuerda floja. Son palabras de Philippe Petit, funámbulo, eje central sobre el cual gira la película documental Man on Wire (2009, dirigida por James Marsh) basada en el libro escrito por el propio Petit, To Reach the Clouds (Alcanzar las nubes, Ediciones Alpha Decay, S.A, 2007).
En la mañana del 7 de agosto de 1974, Philippe Petit se paseó por un alambre tendido ilegalmente entre las extintas torres gemelas del
World Trade Center de New York a más de 400 metros de altura durante 45 minutos, realizando en total ocho cruces encima del cable.
En
Man on Wire sus protagonistas narran, en primera persona, la que fue necesaria odisea para llevar a cabo el sueño de Petit.

Veo
Man on Wire y parece inevitable preguntarse: ¿qué lleva a alguien a embarcarse en una gesta que, a priori, aparenta ser “absurda e inútil”? Inmediatamente después de acabar su alucinante paseo por las nubes, Petit fue arrestado y cientos de periodistas, representantes de la sociedad estadounidense, no paraban de preguntarle acuciosamente: ¿Por qué? ¿Por qué? Y eso encajaba en mi manera de ver EE.UU. Una pregunta apremiante. Hago algo magnífico y misterioso y sólo consigo un ¿por qué? Y lo más bello de todo es que no había un porqué. De aprendizaje autodidacta ­-lo cual en sí revela ya la pasión de este hombre por el funambulismo-­, Philippe Petit soñaba con ser un poeta que conquistara hermosos escenarios, de manera que la respuesta a la atosigadora pregunta es otra pregunta que no precisa de respuesta: ¿es inútil y absurda la poesía?

Veo
Man on Wire y, conmovido, contemplo cómo el funámbulo es la metáfora viva del artista verdadero: ambos están solos y sin sostén en su camino sobre el abismo. Tanto uno como otro persiguen la conquista del infinito a través del presente, el artista en su obra y el funámbulo en su paseo por los aires, la diferencia sustancial entre ambos es que el funámbulo se juega la vida, o como explica Petit: El hecho de que el funambulismo esté enmarcado por la muerte es genial, porque tienes que tomártelo muy en serio. Con medio milímetro de error o un segundo de distracción pierdes la vida. En esa concentración necesaria y extrema, en ese enraizarse profundamente en el presente, el funámbulo roza la eternidad.

A priori, ésta debía ser una misión imposible, todo parecía estar en contra. Veo
Man on Wire y, admirado, me pregunto: ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar para conseguir tus sueños? ¿Estás dispuesto a invertir el tiempo, la energía, el ingenio y los recursos necesarios? ¿Estás dispuesto a entrar en la ilegalidad? ¿Estás dispuesto a superar tus miedos? ¿Estás dispuesto a morir si es necesario? Además de darse la necesidad verdadera de trascender un sueño, también el sentido poético, la generosidad y la valentía se conjugaron en esta emocionante hazaña, ¿son estos los ingredientes imprescindibles para emprender cualesquier aventura? Dejemos que hablen los protagonistas: Es un sueño. Eso es lo que me atrae: el reto de lograr algo que parece imposible y, al mismo tiempo, hacer algo tan hermoso, algo que no sólo no perjudica a nadie sino que, al contrario, da mucho (Jean­-Louis Blondeau); Jean­Louis me dijo desde el principio que era ilegal [...] y eso me entusiasmó un poco (Jean-François Heckel); Philippe tuvo una educación muy estricta. Pero [...] es tan excesivo, tan creativo, que para él cada día es como una obra maestra. Para él, la parte emocionante de esta aventura [...] era que parecía un atraco a un banco (Annie Allix); Y tuve que tomar la decisión: cambiar el peso del pie que estaba en el edificio al pie que estaba en el alambre. No lo sabía, pero probablemente sería el fin de mi vida si ponía el pie en el alambre. Pero algo a lo que no podía resistirme ­y a lo que no quise resistirme­ me llamaba a ese cable. Y la muerte estaba muy cerca. [...] Si moría, ¡qué muerte tan hermosa! ¡Morir en el ejercicio de tu pasión! (Philippe Petit). (De nuevo surge la analogía: el funámbulo, al igual que el artista verdadero, hace lo que sólo él sabe y debe hacer, no hay medias tintas. La única opción es la valentía de seguir los dictados de su necesidad).

Veo
Man on Wire y valoro la confrontación forzosamente necesaria de opiniones que conlleva el trabajo en equipo, cómo se consiguió la proeza gracias a las diferentes actitudes de todos los implicados, sobre todo, al antagonismo entre Philippe Petit y Jean­-Louis Blondeau. Creativos cada uno a su manera, mientras que Petit es volátil ­-está metafórica y literalmente en los aires­-, es el irredento y perenne soñador al que no le importará morir al ir en pos de su sueño, Blondeau -­amigo de la infancia de Petit y pieza clave en la resolución de los acontecimientos­- es la sensatez personificada, está firmemente ligado de pies a tierra y asumirá bien pronto la responsabilidad de cuestionar los resquicios, las grietas del plan de le coup: Sabíamos que eso no era legal [...] así que intenté sonsacar a Philippe: [...] “¿qué has logrado en cuanto a conseguir el permiso?” [...] Y vi que no teníamos nada. Annie: Desde el principio Jean­-Louis sintió una gran responsabilidad y no quería dejar pasar nada a Philippe porque notaba su falta de realismo. Petit: Jean­-Louis preguntaba si había hecho esto y aquello [...] y no le satisfacían mis respuestas. Me dijo que no estaba preparado cuando yo sentía que estaba totalmente preparado. Blondeau: No estábamos preparados. Todo el mundo lo veía menos Philippe y yo le dije: “Bien, ¿qué piensas ahora? Es 13 de mayo, se supone que vamos a dar el golpe hoy. ¿Crees que podemos hacerlo así?” Y el contestó: “No, es totalmente imposible.” Yo dije: “No es imposible, es posible, estamos muy cerca. Si quieres algo, nada es imposible. Volveremos y lo haremos.”
Sólo quiero decir: ¡
Chapeau, Blondeau!

Veo
Man on Wire y constato la importancia de la influencia que la fe ejerce en la decisión y la convicción. Todos los que, en última instancia, se implicaron e hicieron posible la epopeya hicieron gala de una fe inquebrantable. Y fue esa misma fe la que hizo que se implicaran profundamente en el proyecto. Diferenciando fe de esperanza, ellos no esperaron a que se cumpliera su sueño, sino que fueron hacia él, lo buscaron activa e insistentemente. En este caso la fe no movió montañas, pero hizo posible que un francés pelirrojo de ojos vivarachos se paseara, contra todo pronóstico, a ras del cielo en un memorable día de agosto de 1974. Aun así, los que, dentro del team, tiraron la toalla antes de tiempo ­-que los hubo-­ cabe decir que fueron tan importantes ­-que no decisivos­- como los que no desfallecieron: el resultado final dependió también, en cierta medida, de ellos.

Veo
Man on Wire y me convenzo de que la paciencia es condición sine qua non para llevar a buen puerto cualesquier empresa profunda, verdadera e importante.

Veo
Man on Wire y aprendo que dejar que el azar actúe nos permite aprovechar situaciones que, aparentemente desfavorables, pueden sernos muy útiles a la hora de conseguir nuestros objetivos. En el film hay auténticas lecciones de cómo valorar positivamente los imponderables; como cuando Petit -­espiando las torres para encontrar la manera de entrar sin despertar sospechas­- se agujereó un pie al pisar un enorme clavo que sobresalía de una tabla y se vio obligado a usar muletas. Eso que en un principio debía dificultar sus indagaciones, lo ayudó a desenvolverse con más facilidad: Y ahí estaba, con muletas, creyéndome incapacitado... ¡No, no, no, no, es justo lo contrario! ¡Es maravilloso ser un humano con muletas! El universo es tuyo. Los guardias me ayudaban, [...] nadie me pedía un carné ni me preguntaba nada. Todo era fabuloso, así que, aunque el pie se me estaba curando, seguí usando las muletas; o cuando Barry Greenhouse, trabajador de la planta 82 de la torre sur que había visto a Petit hacer malabarismos en París, se lo encontró en el vestíbulo y éste le convenció para que colaborara “desde dentro” como infiltrado; o el despiste del ascensorista que no oyó bien el piso al cual habían de trasladar todo el material -cable incluido­- y le preguntó a un Petit disfrazado de operario: ¿Qué piso era?, a lo cual éste respondió, en un alarde de osadas astucia y agilidad mental: Piso 104, de manera que acabaron ahorrándose de subir el pesado material por las escaleras veintidós pisos.

Veo
Man on Wire y observo que el proyecto surgido del sueño de PhilippePetit era muy ambicioso. Detrás de una gran ambición es necesario un gran y potente ego. Este mismo ego hará que Petit, una vez conseguido el sueño, traicione a su novia y a sus amigos completamente ebrio de popularidad. Esto llevará a que la amistad entre ellos se rompa. ¿O fue el éxito lo que acabó con su amistad? ¿Si hubieran fracasado se hubieran separado? Ya que el éxito nunca es gratis ¿fue la disolución de su amistad el precio a pagar por conseguir su máximo sueño? Es decir, una vez has conseguido lo que más deseas ¿qué queda después? Veo, impotente, cómo corrieron inconscientemente hacia el éxito y la derrota simultáneos.

Veo
Man on Wire y tomo conciencia de la magnitud e importancia del acontecimiento para los realmente implicados en la emoción y placer que éstos experimentan al recordarlo después de más de treinta años. Conmueve su emoción reflejada en alegres risas, en tristes llantos, en ojos acuosos a punto de llorar...

Veo
Man on Wire y me siento agradecido, es inspirador comprobar que existe gente valiente capaz de hacernos regalos de tanta belleza. Incluso el sargento de policía Charles Daniels, encargado de arrestar a Petit “lo vio” y, visiblemente conmocionado, así lo explicó ante las cámaras de televisión: El agente Meyers y yo vimos a ese hombre danzando, más que andando, en el alambre a mitad de camino entre las dos torres y al vernos empezó a sonreír y reírse. Cuando llegó al edificio le pedimos que bajase del alambre, pero dio media vuelta y corrió hacia la mitad. Todo el mundo estaba embelesado mirándole. Cuando vimos que no pensaba bajar de ahí porque parecía estar disfrutando, le dijimos a su socio que si no bajaba mandaríamos un helicóptero para que lo sacara de ahí. [...] Yo pensé que estaba viendo algo que nadie más vería en el mundo, que era algo único en la vida.

Veo
Man On Wire y me produce un placentero vértigo el alambicado laberinto resultante de las combinaciones de la inmensa cantidad y calidad de elementos que fueron necesarios para poder materializar con éxito esa bellísima proeza, son tantas las variables que su sincronía sólo podía ser la que fue, en definitiva: lo que tiene que ser, es. Bienvenidos a la vida.

Veo
Man on Wire por enésima vez y me emociono, me maravillo, me quedo fascinado y siento nostalgia de un sueño que no he vivido.

Veo
Man on Wire y os recomiendo encarecidamente que veáis Man on Wire.


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martes 20 de abril de 2010

"¿Te crees muy listo?" La agresiva campaña de TMB.


Me contaba hace unos días un amigo mío -un abrazo desde aquí, Willy- la siguiente anécdota: se encontraba él en el vestíbulo de una estación de FGC y, al ir a abandonar el recinto, la banda magnética de su billete no era leída correctamente por las máquinas encargadas de los accesos y el billete le era devuelto una vez tras otra, siéndole vetada así, de impía manera, la salida al exterior. Necesitado de ayuda, oteó alrededor en busca de personal acreditado y quiso el azar que en esos momentos no hubiera por allí ni taquilleros -especie en vías de extinción-, ni vigilantes, ni nadie que se les pareciera. Decidió entonces, sin pensárselo -rápidamente, como un acto reflejo-, salir detrás de un hombre joven que en ese instante se disponía a atravesar las barreras de salida. Cuán inmensa fue su sorpresa cuando el joven a seguir se giró y le cerró el paso espetándole en tono desafiante: “No te creas que te voy a dejar salir.” Mientras mi amigo -con la mandíbula desencajada y el alma en el suelo- se quedó inmóvil sin saber reaccionar, el joven aprovechó para dar media vuelta y la barrera se cerró dejando a mi amigo estupefacto y encerrado, sin opción a réplica, dentro de las dependencias de FGC. Cierto es que a mi amigo no se le ocurrió explicar sus circunstancias antes de la intentona, pero ¿acaso hemos de ir justificando constantemente nuestros actos si éstos no hacen daño a nadie?

¿Por qué impidió ese muchacho la salida de mi amigo? ¿Qué interés o sentimiento le motivaba para no querer dejarle pasar detrás de él? ¿Tenía aversión por el contacto humano, era un misántropo? ¿Sentía miedo de mi amigo? ¿Sentía que se estaban aprovechando de él, que estaba siendo objeto de una injusticia de la que el artífice era mi amigo? Si mi amigo hubiera escogido salir detrás de otra persona ¿le hubiera bloqueado el paso igualmente o le hubiera dado lo mismo? ¿Era un guardia jurado vestido de paisano y le guiaba la deformación profesional? ¿Era accionista de FGC? Las preguntas serían infinitas, así que para finalizar, ¿tendría algo que ver en su comportamiento la última campaña de TMB, que aun no siendo FGC no deja de ser también
transporte público?

De un tiempo a esta parte, cada vez que viajo en metro o autobús me topo con una invasión de carteles, dípticos y pancartas colgantes de variopintos colores llamativos que forman parte de una campaña propagandística lanzada por TMB basada en la leyenda
¿Te crees muy listo?, y en la cual debajo del citado interrogante se ve un diagrama en el que un muñequito con forma humana salta por encima de un torniquete de acceso al metro. Sin demora, la misma campaña da tres respuestas (sic): 1) Tú mismo... Hay 3.306 cámaras de vigilancia y quedarás retratado; 2) Tú mismo... La multa por viajar sin billete te puede costar de 50 a 600 ; y 3) Tú mismo... Si no llevas billete no estás cubierto por el seguro de viaje. (La letra en negrita pertenece a la campaña, no es mía).

Esta pregunta -y sus correspondientes respuestas- que nos lanza TMB me sugiere otras preguntas. Vayamos, pues, por partes:

A) Con esta pregunta ¿qué pretende TMB? Al presuponer que los que no pagan billete se creen muy listos ¿pretende hacernos creer que los que pagamos hemos de creernos muy tontos? ¿Intenta posicionarnos negativamente sobre los que no pagan billete? ¿Qué sabe TMB sobre las motivaciones que inducen a la gente a colarse en el transporte público? ¿Tienen departamentos de ciencias ocultas, astrología y parapsicología que permitan adivinar todas y cada una de esas motivaciones?

B) ¿Qué significa encabezar las respuestas con un tú mismo...? Los puntos suspensivos dejan sobreentender la continuación y así podemos completar la frase mentalmente: ...si no obedeces, atente a las consecuencias. Asimismo, TMB nos alecciona en las susodichas respuestas y nos sugiere tres motivos para portarnos bien:

Motivo 1: quedarás retratado. A pesar de repetir machaconamente por megafonía que las cámaras de vigilancia son para nuestra seguridad, se nos deja ver claramente y con cierta chulería que las cámaras de vigilancia -¡nada menos que 3.306!- son para vigilarnos. Un apunte: si me ocurre un percance grave en el metro ¿quién me ayudará con presteza? ¿La cámara de vigilancia?

Motivo 2: multa de 50 a 600 €. ¡Caray! ¿Por qué tanta diferencia en las penalizaciones? Si se cuelan niños, jubilados, discapacitados, embarazadas y parados ¿el castigo es menor? ¿Hacen descuentos a los familiares de los empleados? En el caso de la pena máxima: ¿600 euros del ala por colarse en el transporte público? Parece ser un delito muy grave esto de colarse, ¿quién decide que sea así? ¿O es para meternos el miedo en el cuerpo y que desistamos del intento? Si nos multan con esta cantidad por no pagar un billete ¿qué deberían hacerle pagar, por ejemplo, al sinvergüenza del señor Millet?

Motivo 3: no estás cubierto por el seguro. Aquí se trata de suavizar la amenaza anterior y se adopta un tono paternalista a la hora de hacernos comprender que hemos de pagar sin rechistar ya que es por nuestro bien y cuando seamos mayores lo entenderemos. Resulta paradójica tanta inversión en seguridad y que, sin embargo, haga falta un seguro para viajar en transporte público. ¿No será que, en última instancia, TMB no nos puede asegurar nuestra seguridad? Si alguien quiere renunciar a su seguro que no le asegura nada ¿ha de pagar billete igualmente?

Me pregunto: ¿era necesaria una campaña de este tipo? Su irritante y sibilino tono chirría, es prepotente, tendencioso, moralista, intimidatorio, arbitrario, caciquista, cizañero, segregacionista y pueril, y persigue prejuzgar y criminalizar al individuo que decide no pagar. De ninguna manera entiéndase este texto como apología de la morosidad, todos tenemos derechos y deberes tácitos para con nuestra sociedad (yo mismo soy asiduo usuario del transporte público -no tengo vehículo propio -y pago religiosamente mi billete cada vez que lo utilizo), pero tengo la intuición de que lo importante no es que haya gente que se cuele -
siempre habrá alguien que no quiera o no pueda pagar-, sino que esta campaña sea un subterfugio que, a través del miedo y el resentimiento consecuente, permita maquillar los problemas importantes. ¿Qué será, será? ¿Será que TMB soporta un déficit considerable por una mala gestión y alguien ha de ser el chivo expiatorio? ¿Será que el transporte público es cada vez menos público? No está de más recordar que TMB es una empresa privada gestionada, eso sí, con dinero público. Y ya que hablamos de dinero, ¿cuánto dinero se ha gastado TMB en esta campaña? ¿Redundará su coste en el incremento de las tarifas? En lugar de perseguir de esta manera tan cicatera a los que no pagan ¿por qué no decide bajar el precio de las tarifas que no cesan de subir año tras año o, en su defecto, decide ofrecer nuevos modelos tarifarios que incluyan más posibilidades para que cada cual pueda escoger el que más le convenga?

¿Cree verdaderamente TMB que esta es la manera más apropiada de concienciar a sus usuarios? Lo molesto y enojoso es la irresponsable factura de una campaña que nos trata como a tontos infantiloides y que crea división entre la población. Es exasperante que TMB haya empleado la vieja y demagógica estrategia de utilizar los sentimientos de las gentes en beneficio propio: si siento que se está cometiendo una injusticia conmigo -aunque el asunto no vaya
auténtica y personalmente conmigo- me sentiré agraviado y cargaré como míos pesos que no me corresponden, en este caso asumiré como mías tareas -correspondientes a TMB- en forma de ángel custodio que velará por que nadie en absoluto se quede sin pagar su billete.

¿Por qué debe afectarnos moralmente, a los ciudadanos de a pie, que alguien se cuele? ¿Dónde queda el filantrópico lema
vive y deja vivir? Si yo estoy en paz y conforme conmigo mismo y decido pagar precios abusivos por viajar en “transporte público” no debería molestarme que otras personas no lo hagan. Pero, seamos honestos, a nadie nos gusta pagar, sobre todo porque tiene uno la sensación de pasarse la vida pagando por todo, y además a unos precios exorbitantes. Por eso aquel joven no dejaba salir a mi amigo: “¿Yo voy a pagar y tú no? (Craso error: mi amigo había pagado). Pues ahora no te dejo salir.”

Propongo, para ser equitativo y ecuánime, una contra-campaña paralela, asimismo dirigida por TMB, en la que se vea un diagrama de un muñequito introduciendo unas monedas en la máquina dispensadora de billetes y una leyenda sobre la imagen que rece:
¿Te crees muy tonto? Tú mismo...


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